• Derecho a enfadarte, pero no a ser cruel (publicado 21.05.2014)

    Entramos en zona crítica, cuando se acerca el verano y las vacaciones, las parejas suelen discutir más, salen a la luz algunos conflictos y aumenta el riesgo de riñas y rupturas. Hay muchos factores que influyen, seguramente hay situaciones de base que resultan propicias para que la tensión aumente y, en determinadas parejas, se arrastran conflictos antiguos no resueltos que estallan en un momento determinado en plena cara y llevan a situaciones extremas. Los datos estadísticos así lo demuestras y las razones, aunque puedan ser muy diversas, están ahí.

    Una de las asignaturas pendientes en nuestra sociedad, es la comunicación.Puede parecer una broma, pero más bien es una paradoja; vivimos en la era de la comunicación, hemos desarrollado sistemas sofisticados para ello, y, sin embargo, las personas, seguimos teniendo carencias y áreas de mejora importantes en este tema. Quizás sea porque no se nos enseña a comunicarnos bien, tal vez, porque pretendemos más influir y modificar lo que hace la otra personas que lo que depende de nosotros mismos, que es lo más sencillo y efectivo.

    En muchas parejas, las discusiones se centran en decirle al otro lo que hace mal, en vez de decirle lo que no nos gusta; no, no es lo mismo. Cuando a alguien le dicen que ha hecho algo mal (un comportamiento, una conducta), le estamos juzgando desde un punto de vista propio y que, puede no coincidir con el de la otra persona. Si en vez de eso, expresamos un sentimiento o una emoción (“no me gusta tal cosa”, “me hace sentir mal o incómodo tal otra”), la cosa cambia. Además, resulta importante aprender que cuando expresamos eso, la otra persona tiene derecho a estar de acuerdo o no, a decidir cambiarlo o mantenerlo, y no le podemos imponer nuestro criterio o nuestro punto de vista. Cualquiera tiene derecho a enfadarse con otro, pero no a criticarle, juzgarle (y dictar sentencia), y menos todavía, a ser cruel y menospreciar a la otra persona. Ya lo dijo Aristóteles hace muchos siglos: “Enojarse es fácil, pero enojarse en la magnitud adecuada, con la persona adecuada, en el momento adecuado, eso es cosa de sabios”. Y cuando se refiere a la persona adecuada, a veces, está incluido uno mismo. No siempre es el otro. El enfado es una emoción propia, de uno mismo, que pretendemos colocarle a otro según nuestro juicio.

    El mensaje de que algo que hemos hecho ha causado desagrado en el otro, suele tener más repercusión y puede hacer que pensemos en ello más que si te dicen que “eres” o “pareces” (en versión diplomática) cualquier cosa que, por suave que se diga, puede resultar cruel para la persona que la escucha. Tenemos la costumbre de centrarnos más en los aspectos negativos que en lo positivos y, en mi opinión, así nos va. ¿Qué ocurriría si dedicásemos un poco de esfuerzo en decirle a nuestra pareja alguna de las cosas que hace o dice que nos agradan? Probablemente esas cosas se potenciarían y se harían más frecuentes y visibles; y los errores que, como humanos todos cometemos, tal vez, tendrían otra dimensión y reducirían la frecuencia. ¿Te atreves a probar?

    catalinafuster.com

    Psicóloga y Coach

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