• La cuesta de septiembre (en Lanza 18.09.2013)

    Hace una semana que ha comenzado el cole para los más pequeños, en estos días empieza el instituto para los alumnos de secundaria y bachiller, o de ciclos formativos y en muchos hogares esto supone verse en una situación complicada a nivel económico. Los gastos que se derivan de la educación de nuestros hijos no se quedan solo en la elevada cuantía que representan los libros de texto, ahora vendrá la segunda parte: el material escolar, cuadernos de ejercicios que no están en el listado inicial de libros, material para manualidades, libros de lectura complementaria, etc. A esto habrá que sumarle poner al día el calzado de los chicos después de que, de repente les haya crecido el pie, y otras necesidades de ropa o artículos deportivos que van a utilizar desde el inicio del curso.

    Y ahí se encuentra más de una familia, que además tiene que multiplicar esas necesidades por el número de hijos que tengan, intentando inventar alguna forma de salir del atolladero y llegar a todo. Tal vez hemos tenido que volver a recuperar algunas costumbres que muchos de nosotros vivimos como normales y que resultaban de ayuda, incluso para familias que no estaban en situación de necesidad extrema. Nos referimos a pasarse la ropa entre hermanos y entre primos, vecinos o cualquiera que pudiera tener la talla para llevarlo; o volver a los arreglos como opción que quedó desechada cuando resultaba casi igual que comprar algo nuevo. Pero dentro de todo este desaguisado y sin entrar en temas que requieran otra profundidad, podríamos ver algunos matices positivos asociados a este momento.

    En primer lugar, tal vez estamos recuperando una cierta responsabilidad en el uso y consumo de materiales que nos ayuda a darle más vida a algunos artículos. Sin lugar a dudas, es bueno implicar a nuestros hijos en esta situación y fomentar que sean responsables y que tomen conciencia de que hay que adaptarse a los diferentes momentos por los que se pasa, sin hacer de eso un drama o un lamento continuo, sino aprovechando para enseñarles una nueva búsqueda de soluciones y, tal vez, promover algunos valores nuevos. Seguramente, a partir de la situación actual, habrá familias que habrán ajustado el nivel de consumo haciéndolo más racional, tal vez, se está haciendo un ajuste en los caprichos desenfrenados de algunos niños, o se está enseñando de nuevo el valor de compartir y de pensar en lo que uno necesita y no solo en lo que quiere tener. Quizás vale la pena recordar que los cambios, que tanto suelen alterarnos, a veces son una oportunidad para revisar nuestro estilo de vida y para salir de la inercia en la que nos hemos situado. Las familias pueden transmitir a los hijos preocupación, enfado y lamento continuo, o pueden afrontar el cambio como una situación distinta a la anterior, a la que hay que adaptarse.

    Por otra parte, las familias tienen la oportunidad de unirse y hacer algunas compras colectivas que les permitan obtener un ahorro. Otro ejemplo, el transporte de los chavales: se pueden hacer turnos para llevarles y traerles aprovechando todo el espacio del coche y compartiendo así el gasto de desplazamiento. En definitiva, podemos volver a recuperar niveles de relación y colaboración que se habían perdido. Quizás son las paradojas que tienen algunas cosas que nos recuerdan que no todo es bueno o malo en sí mismo, es distinto.

    catalinafuster.com

    Psicóloga y Coach

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